martes, 10 de octubre de 2017

CUANDO NADIE DUDA





Nos pirra Pirrón



Vuelvo a vestir la piel del Eyaculador conduciendo mis pensamientos a través de las Palabras. Busco mi papel en la obra, mi lugar en el mundo. Hasta ahora, durante este viaje,  he perseguido a toda costa mi libertad individual y la independencia de mi pensamiento. Para ello el primer requisito fue liberarme de todo aquello que pudiera lastrar mi caminar. Las verdades absolutas, los dogmas, las banderas por las que luchar o las religiones a las que profesar fe. Dudar de todo, suspender el juicio, reivindicar a Pirrón de Elis.  


Pero en vista de que peor visto que tener una opinión propia está el no tener ninguna, y ante la gravedad de los acontecimientos a los que nos han empujado a unos cuantos españoles sin voz ni voto para decidir nada, aquí voy a plasmar una serie de Eyaculaciones Verbales que sirvan de testimonio inequívoco para cuando vengan las purgas, detenciones, arrestos y encarcelaciones. Para cuando finalmente hayan triunfado los fanáticos, los de las verdades absolutas, los dogmas, las banderas por las que luchar y las religiones a las que profesar fe. Para que sepan entonces que hacer conmigo, que "estrella de David" colocar sobre mi pecho. 


No me gustan los nacionalismos ni los patriotismos. Ninguno. Ni el españolismo, ni el catalanismo, ni el galleguismo, ni el bercianismo, ni el leonesismo, etc, etc. En mi opinión es una ideología obsoleta para un siglo XXI que debería haber aprendido de los errores del siglo XX, errores manifestados a lo largo de toda la centuria, desde el "Levantamiento de los boxers" en China hasta los conflictos en la antigua Yugoslavia que finalizaron con la guerra de Kosovo en 1999. En todos los casos el sentimiento nacionalista y el odio al vecino y al extranjero dominaron a unos ciudadanos que se levantaron en armas para matarse defendiendo una bandera. Y no creo que sea necesario recordar que a lo largo de la historia el nacionalismo se ha caracterizado por una demonización al foráneo lindando con el racismo y la xenofobia, amparándose en peligrosas alusiones a conceptos como la “raza” y la “sangre”.


Esta es mi muy humilde y muy modesta opinión sobre los nacionalismos. Insisto e insistiré cada vez con mayor fuerza en la humildad de dicho planteamiento no buscando el favor de una falsa modestia si no porque precisamente, y de eso va todo este texto, el paso de los años me hace cada vez más conocedor de mi desconocimiento y poseedor de mi ignorancia. Es una simple opinión, muy lejos de la verdad absoluta y totalmente alejada de cualquier intento de posesión de eso que llaman “tener razón”. Desearía que esta opinión no me calificase ante los ojos de los demás como un fascista, un represor, o un totalitario, pero lógicamente es algo que no puedo controlar. 


Porque una cosa es mi opinión sobre los nacionalismos, que he dejado clara líneas más arriba, y otra es la necesidad de convivencia con aquellos que tienen otro punto de vista. No es sólo necesidad de convivencia lo que me mueve a respetarlos e incluso intentar comprenderlos, si no que más allá es una cuestión de principios. Tendría un gravísimo problema si no fuera capaz de comprender que existe un elevado número de vecinos, amigos, hermanos, paisanos, conocidos, conciudadanos y demás que tienen cosido en el alma ese sentimiento patriota o nacionalista para con sus respectivos pueblos, naciones, regiones, estados y banderas. Y eso he de respetarlo. No es tan difícil respetar las opiniones ajenas si uno se lo propone (pero claro, hay que proponérselo, y repito, despojarse de cualquier verdad absoluta) No estoy en la vida para repartir carnets de autenticidad. Lo que estamos viviendo estos días es precisamente un problema de absolutismo y de pensamiento totalitario sin margen de autocrítica por ninguna de las partes. De un puñado de españoles diciéndonos que sólo hay una manera de ser españoles, y de un puñado de catalanes diciéndoles a sus paisanos que sólo hay una manera de ser catalanes. Todo lo que se escape de ambos bandos es mirado con recelo, o directamente catalogado como “contrario” de uno y otro bando. Yo mismo tengo la sensación, precisamente por haber expresado mi “neutralidad” en esta ridícula guerra de banderas, de ser visto como un simpatizante del independentismo catalán por parte de quienes abogan por la unidad territorial de la España que conocemos desde los Reyes Católicos y por la infalibilidad e imbatibilidad de la Constitución como dogma de fe inamovible, y por otro lado ser visto como un españolazo rancio por parte de los catalanes que no desean permanecer un segundo más dentro del organigrama político del estado español.


El delirio del momento actual es tal que abogar por el diálogo (es decir, lo que siempre parece el camino más sensato) te convierte en cómplice de “golpistas”, si nos atenemos a las barbaridades escuchadas y leídas estos días, entre ellas las de quien fuera vicepresidente de un gobierno bajo cuyo manto se amparó y financió a un grupo antiterrorista que directamente no fue otra cosa que otro grupo terrorista más, sólo que éste pagado con el dinero de todos los españoles, y que llevó a prisión entre otros altos cargos a un ministro del interior, a un secretario general del partido de aquel gobierno, o a un general de la Guardia Civil. 



Las cloacas del estado.



Yo no me considero ningún antisistema. Me interesan las utopías anarquistas, pero en la práctica no las veo viables. Me gusta el “sistema”, o al menos creo en él. Creo en el socialismo, en el “estado de bienestar”, y en que todos contribuyamos en la medida de lo posible al beneficio de todos. Creo, en general, en el estado, y creo en sus fuerzas de seguridad y en sus garantes, pero por eso mismo debo ser crítico con sus cloacas (y ahí arriba acabamos de hablar de una) Criticar la violencia policial o el uso desproporcionado de la fuerza no me convierte en ningún “progre podemita bolivariano”, quiero pensar en todo caso que me convierte en un ciudadano crítico y responsable con el país en el que vivo. Ver conciudadanos jalear la contundencia policial (y digo bien, jalear, como si en un partido de fútbol estuvieran) empleada sobre algunos de los votantes al referéndum convocado por la Generalitat el pasado 1 de Octubre remueve las entrañas. Si esos conciudadanos son felices con esas imágenes, las cuales han dado la vuelta al mundo, quizás yo debiera plantearme también si merece la pena vivir en el mismo país que ellos.


¿Es mucho pedir que quienes gobiernan nuestros designios, quienes se han ofrecido al servicio público (y qué obtienen pingues beneficios por ello, tanto en su activa vida política como en sus posteriores actividades privadas viendo devueltos los favores prestados anteriormente), tengan el cuajo suficiente para sentarse en una misma mesa y poner solución a este disparate dantesco? Parece que sí, que es mucho pedir. Y lo es porque cuando nadie duda no hay porque dar un paso atrás. Negociar, o dialogar, significar que todas las partes cedan en algo para que haya un todo que salga beneficiado. Pero es difícil llegar a plantearse eso cuando sabes que tienes detrás tuyo una legión de fanáticos enarbolando la bandera y amparando tu razón, tu verdad absoluta. Si realmente creemos en la política dejemos a los políticos hacer su trabajo, pero no alimentemos su sordera y su incapacidad para acercarse a otros planteamientos distintos a los de sus siglas, porque con ello lo único que hacemos es crear dirigentes tan ineptos y cerriles como Rajoy y Puigdemont, investidos ambos de un aura de santidad insoportable e instalados en una percepción paralela de la realidad. La psiquiatría lleva años abordando este problema. El trastorno mesiánico que envuelve a los líderes políticos, a los que la sombra de la duda ni les asoma. Los griegos lo llamaban Hibris, un castigo divino (“Aquel a quien los dioses quieren destruir primero lo vuelven loco” dice el proverbio) sobre quien se establece por encima de la ética y la moral. Rajoy y Puigdemont parecen modernos protagonistas de una tragedia griega, cegados por la vanidad de sus convicciones. El ser humano tiende a buscar la opinión acomodaticia. Escogemos nuestras fuentes de comunicación en base a nuestros prejuicios. Dicho de otro modo: escuchamos lo que queremos escuchar. Si esto sucede en cualquier hombre corriente, de la calle, ¿cuánto más no sucederá en quien se siente respaldado por millones de votos? Rajoy o Puigdemont escuchan complacientes a los millones de ciudadanos que les dan la razón… el problema es que no quieren escuchar a los millones que opinan lo contrario. El líder político actual ha perdido la capacidad de diálogo. No la necesita, es más, le estorba, le confiere debilidad ante los ojos de sus votantes y seguidores. 


A mi edad he visto y vivido toda clase de barbaridades y confrontaciones en este país. Nací durante los últimos años de un franquismo impuesto a sangre y fuego tras una guerra civil que nos marcó para siempre, una maldición, castigo divino sufrido precisamente por ese pensamiento totalitario de aquellos que elevan la bandera y se ofrecen, sin que nadie se lo haya pedido, para “salvar” a la patria. Crecí durante una transición que lejos de ser modélica nos mostraba las calles llenas de violencia y terrorismo. Un terrorismo de muchas caras, pero ninguna tan cruenta como la de ETA, la banda armada que destrozó centenares de familias, nos ilustró lo absurdo de los nacionalismos y nos hizo plantearnos tantas cosas (al igual que deberíamos plantearnos, hoy día, porque Euskadi vive un imparable descenso de sentimiento nacionalista, si nos atenemos a las últimas encuestas) He visto como el terrorismo yihadista, todavía más atroz por imposible que pareciera, nos ha golpeado con todo su odio en nombre de un dios que en caso de existir dudo mucho que exigiera tales sacrificios y baños de sangre para sentirse honrado. Y sin embargo no recuerdo una época de tanta crispación como la de estos días, y esto sólo puede ser explicado por el crecimiento de las redes sociales y una presunta “democratización” del pensamiento que hace que todo el mundo tenga su altavoz, tanto el hombre moderado que huye de radicalismos y no eleva la voz ante su vecino, como el furioso “hooligan” cuyo discurso se basa en el odio a quien no piensa como él… el problema, claro, es que siempre hace más ruido (y por tanto más daño) el “hooligan” vociferante que el ciudadano moderado.



¿La policía nunca se equivoca?



Recuerdo, en los momentos más tensos del conflicto con ETA y el nacionalismo vasco, a totalitaristas españoles pidiendo la expulsión de la selección española de fútbol (el equipo de “todos”) a los jugadores nacidos en Euskadi. Nada comparable a lo que sucede hoy día con Gerard Piqué. El caso de Piqué es paradigmático sobre como las redes sociales han condicionado el pensamiento a día de hoy y han amplificado el prejuicio [todo ello alimentado por el propio futbolista, instalado él mismo en otro tipo de pensamiento simplón de “buenos” (los patriotas catalanes culés) y “malos” (los patriotas españoles madridistas)] Piqué tiene nada menos que 16.400.000 seguidores en Twitter ¿Creen ustedes que todos ellos son realmente “seguidores” del jugador, en el sentido de “fans”, de aficionados a los que Piqué les entusiasma con su juego, personalidad y manera de ser? No, un altísimo número de sus seguidores son “patriotas españoles madridistas” que viven actualizando el Twitter del barcelonista a la espera de una nueva bajada al fango del jugador para retwitearlo con el consiguiente exabrupto. Tan estúpidos e intransigentes y poseedores de la “verdad absoluta” como el propio Gerard Piqué. ¿Qué diferencia hay entre un “ultra sur” y un “boixo noi”?, el radical que trata de imponer su bandera siempre es un radical, olvídense del color de la bandera… fíjense en el radical. Ese es el peligro.


La “ciberopinión” elevada a dogma de fe. Una de las características que más me fascina de este fenómeno es el uso de la imagen para dar peso a tal “ciberopinión” que en realidad no es más que un prejuicio elevado a la máxima potencia.  De ese modo pueden ustedes buscar fotografías o vídeos (y vamos a dejar el tema de la manipulación, el cual daría para otra Eyaculación aparte) de nuestras fuerzas de seguridad del estado excediéndose en sus funciones o haciendo un uso desproporcionado de la fuerza frente a ciudadanos en muchos casos indefensos, de igual modo que pueden encontrar imágenes de miembros de tales cuerpos teniendo que sufrir vejaciones, insultos y agresiones por parte de ciudadanos radicales; igualmente pueden encontrar sin dificultad como en las manifestaciones por la unidad de España de estos días la extrema derecha ha campado a sus anchas y ver sus agresiones a independentistas o a partidarios al menos de referéndums, derechos a decidir, y reformas de la Constitución, de la misma manera que encontrarán documentos que ilustran la violencia del independentismo más radical sobre aquellos ciudadanos pacíficos cuyo único pecado puede haber sido portar una bandera de España. Lo que si es cierto es que en la mayoría de los casos, quienes busquen y cuelguen en las redes documentos de un “bando”, muy difícilmente lo harán con los del otro. Y digo en la mayoría porque también es cierto que afortunadamente existe una clase de ciudadanos analíticos quienes desprovistos de ciega pasión si están siendo capaces de ver los excesos (y recuerden lo que decían los griegos de los excesos) de un lado y del otro. Ciudadanos en este caso que cómo ya he explicado serán vistos como “contrarios” por un sector y otro, de igual modo que estoy convencido de que una gran parte de quienes lean este texto sólo se quedarán con una parte y tildarán sin ninguna vacilación este escrito de libelo simpatizante con el independentismo o por el contrario de panfleto españolista a favor de la unidad territorial de nuestro bendito país, en vez de ver lo que pretende ser: un ejercicio de duda frente a la verdad absoluta. Y paradójicamente (no se puede concebir el ser humano sin la paradoja), siendo un texto que reivindica la duda, esto que acabo de explicar es algo de lo que si estoy totalmente convencido.



Permítanme que vuelva a la Hibris griega y al “pecado” (en una civilización para la cual el término todavía no existía) de la vanidad. Si la Grecia clásica fue la cuna del humanismo y todo el pensamiento occidental, por muchos siglos transcurridos, sigue anclado a aquella primigenia raíz que elevó al hombre a mucho más allá que un homínido erecto y cazador, es desolador observar como la enseñanza más sencilla, la que refiere a la mesura y al equilibrio en emoción y pensamiento, es absolutamente despreciada en pleno siglo XXI. Rajoy y Puigdemont son Edipo haciéndonos pagar el asesinato de Layo.    


"¡Sonríe, la Historia nos contempla!"




viernes, 28 de abril de 2017

44...




"Baco y Ariadna" (Guido Reni, 1619-20)





44 puñaladas, 44 cicatrices, 44 golpes de esperma sobre el rostro decaído de la vida…


44 cabalgadas en la tabla sobre la ola salvaje… los nervios de los que hablaba Rimbaud hace mucho tiempo que zarzaron…


Cada día un canto a mí mismo,

Cada noche una vela a Satán,

Cada tarde una nueva trinchera

Y así y todo volver a empezar…


No soy si no una sucesión de hojas arrancadas del calendario,

Una joroba llena de espantos,

Una pesadumbre emancipada…

…la mayor cantidad de minutos desperdiciada posible…



Años, meses, días, minutos, segundos, siguen siendo los nombres de las cadenas…


Volví del infierno para cantar junto a Baring “my soul is an inmortal toy”… porque 44 años en la inmunda trapería del corazón convierten el agua en vino y el polvo en oro. 


La colección de polillas sigue en aumento… no hay refugio para la tempestad… el grito no cesa… ¡viva por tanto! ¡Horacio, prepara el banquete! ¡Carpe Diem para todos y latigazos de placer! ¡Veneno y ambrosía! ¡Qué nada detenga nuestro inquebrantable crujir de huesos! 



El próximo año, si sigo vivo, os haré una rima.  




miércoles, 15 de marzo de 2017

LA PIZZA FASCISTA









Anda la fría Islandia con un tema a vueltas de esos realmente trascendentes, vitales, fundamentales para el devenir de sus ciudadanos y que a buen seguro está quitando el sueño de los abnegados habitantes del país nórdico: la prohibición de la piña como ingrediente en la pizza. 



Todo viene de la sana humorada de su presidente, Gudni Johannesson, respondiendo a las preguntas de los chavales de un colegio al que fue a hacer una visita. Un tipo curioso este Johannesson, del que dicen cuenta con un apoyo del 81.4% del total de la población de Islandia (apenas unos 320000 habitantes), un porcentaje escandalosamente alto para un político. No sabemos si sus opiniones gastronómicas tendrán algo que ver, pero qué duda cabe que la mayoría de los dirigentes europeos matarían por conseguir un tanto por cierto tan elevado de apoyos entre sus compatriotas. 



El tema no es baladí, y el encendido debate que ha provocado el tema de la piña como ingrediente en uno de los platos más consumidos del mundo entronca con una realidad que a juicio del Eyaculador es intrínseca a la historia de la humanidad, y antes de que los lectores comiencen a disparar me pongo delante en la fila para reconocer que yo soy el primero que lleva un fascista dentro. Todos llevamos un fascista dentro y consideramos que nuestros gustos son los mejores y nuestras opiniones las más sensatas y certeras. Esto en sí no es malo, al contrario, es un buen ejercicio de individualidad (lo cual mantiene una evidente incoherencia con el fascismo uniformal y uniformante, pero total coherencia con la incoherencia que siempre rodea al ser humano, el cual es incoherente y contradictorio por naturaleza… que algo coherente sea incoherente es lo más coherente del mundo, por mucho que sientan que les va a explotar la cabeza en estos momentos) El problema es cuando tratamos de imponer nuestra cerrada visión del mundo a los demás, e incluso en una cosa tan a priori inocente como es una pizza, degustada y deglutida a toneladas a diario en todo el mundo y de cientos de maneras diferentes, intentemos delimitarla con un rotundo “sólo es piña si yo lo digo”. 



Ciertamente es un caso que vemos a diario, nos atrevemos a decir lo que es música y lo que no, y dentro de esa música lo que es auténtico rock, o auténtico punk, o auténtico garage, o lo que es pasteleo… lo que es cine y lo que no, lo que es literatura y lo que no… sí tratamos de imponer esta especie de fascismo cultural, ¿cómo iba a librarse algo que no deja de ser a su manera otra manifestación cultural como es la gastronomía?, de hecho es precisamente en temas gastronómicos donde más salida damos a tal contundencia ideológica, mezclado además con cierto patriotismo barato (“si sabré yo lo que es una paella, que soy valenciano”, “a eso no se le puede llamar cachopo”, etc), limitando las posibilidades deliciosamente anárquicas que nos ofrecen algunos platos. Lo maravilloso del cocido es precisamente que se le puede echar de todo, lo mismo opino de la paella, y por supuesto de la pizza. Surge entonces una confrontación semántica. El fascista gastronómico admite no tener problema alguno en que a determinado plato se le añada cualquier ingrediente al gusto del consumidor, pero eso sí, que lo llamen de otra manera. Una postura que no difiere mucho de la de aquellos ultras católicos quienes durante la polémica suscitada a raíz de la ley que en España posibilitó el matrimonio entre personas del mismo sexo, camuflaban su conservadurismo y su homofobia diciendo aquello de “yo no tengo nada en contra de que se casen, pero que no lo llamen matrimonio”.



El lenguaje, como no, es otro escenario ideal donde sacamos a campar nuestro pequeño fascismo. Pocas cosas soliviantan tanto a los parroquianos como el mal uso de nuestro idioma o peor aún, que la RAE tenga la osadía de evolucionar y aceptar palabras o expresiones que el acervo popular ha ido introduciendo en nuestra sociedad, algunas venidas de fuera. Incapaces de comprender que precisamente la riqueza de un lenguaje está en evolucionar y amoldarse a sus hablantes (y no que los hablantes se amolden al lenguaje, y esto es algo tan impepinable como el hecho de que una lengua nace por los individuos que la practican y no al revés), imagino que si de ellos dependiera todavía estaríamos hablando y escribiendo como en tiempos cervantinos. Si conociesen mínimamente la historia de nuestra literatura les daría un pasmo cuando leyesen como Unamuno escribía “kultura” con k o Juan Ramón Jiménez le pedía a la “intelijencia” con j que le diera el nombre exacto de las cosas. Porque al igual que en la cocina, en el lenguaje la verdadera riqueza está en retorcer, distorsionar, improvisar, crear, destrozar y volver a crear, y en definitiva jugar con las palabras. Sólo así pudieron surgir las vanguardias que tantos genios nos han regalado para este país, desde Ramón Gómez de La Serna hasta la justamente reivindicada Gloria Fuertes, y es que si hay algo que caracteriza precisamente a cualquier vanguardia es su capacidad rupturista con el pasado y su insaciable ansia de libertad para la creación.   



La delimitación del arte y la constricción que supone vivir bajo un dogma inamovible. De esto es de lo que se trata en definitiva, lo cual se acaba arrastrando (o quizás sea al revés, y desde la ideología confluye en el arte) a la ideología y al pensamiento. Sólo puede haber una manera de entender la pizza igual que sólo puede haber una manera de ser español o de ser madridista, o de ser liberal o de ser de izquierdas, renunciando a la maravillosa riqueza que nos proporciona la individualidad. A lo largo de mi vida incluso he conocido a gente que ha llegado a afirmar lo que es baloncesto y lo que no, negando a nada menos que LeBron James la condición de practicante de este deporte. Un jugador capaz de jugar en cualquier posición sobre la cancha. Demoledor al poste bajo, resolutivo en el tiro exterior, imparable en penetración, insaciable en defensa, capaz de dirigir el ataque y romper todos los registros estadísticos de asistencias en un jugador que no es base, y para algunos aficionados de pensamiento jurásico, quienes se quedaron en un juego lento, anquilosado y ortodoxo de pantalones ajustados y posesiones al filo del tiempo reglamentario, no es baloncesto. Y es que precisamente la heterodoxia despista, la ruptura de los esquemas, de los guiones preestablecidos, de los dogmas… todo eso cuesta aceptarlo ya que resulta mucho más fácil vivir en un mundo en blanco y negro, sin matices, donde debemos tener claro que a la pizza no se le puede echar piña o los guisantes en la paella deberían estar penados con presidio.



El fascista que llevamos dentro no es malo en sí. Reivindicamos la individualidad y la humana incoherencia. No pasa nada por creerse en posesión de la verdad, de hecho en ocasiones resulta totalmente sano y oxigenante. No pasa nada, en efecto, porque el mítico Mugretone dijera aquello de “sólo es punk si yo lo digo”, lanzando una soflama que bien pueda servir de rueda a seguir para quien quiera adentrarse en tal estilo musical de la mano de alguien cualificado para hablar sobre la materia… el problema es que si aceptamos como natural vivir en un mundo en el que una pizza deja de ser pizza en cuanto lleve piña, quizás acabemos aceptando que bajo ningún concepto no se puede ser mujer si no se ha nacido con vulva. 




Y precisamente es ahí cuando, basándonos en la naturaleza de las cosas, lo que hacemos en realidad es ir contra natura, porque no hay mayor naturaleza que la libertad para echarle a la pizza lo que nos venga en gana. 







jueves, 29 de septiembre de 2016

CADA SUSPIRO QUE VIVE ES UN SUSPIRO QUE MUERE




“CADA SUSPIRO QUE VIVE ES UN SUSPIRO QUE MUERE”








Arrastro en mí un paso caduco, casposo, carpetovetónico,
¡qué conjunción de palabras, que hermosura de sintaxis y que dolor de muelas...!

Cada paso mío arrastrado es una alfombra de gérmenes de la España a la que pertenezco, estos pasos míos, de borracho, confundido, bajo las luces de las farolas del amedrentamiento...

Yo soy la España roja y facha, católica y musulmana, yo soy la España integradora y desintegradora... soy la única España que pervive en el recuerdo, soy el 98 de Unamuno y Baroja y los Machado (¡siempre Manuel!), y las “hetairas y poetas hermanos somos” y esa decadencia hermosa de los pasos mancillados hasta el abismo... 

Yo quiero ser esa España abierta en pena por doquier... esa España de un suspiro dúctil y un jeroglífico de sorpresas y dromedarios...

...una España de barbas y poetas, de bohemia y cuchitrilles, de navajas y navajeros...

...una España que se inventaron los soñadores, por ende los españoles, no una España inventada por los estafadores...

...yo quiero ser la España que huele a cafeína y a fieles orines en el callejón del Gato...


...porque yo quiero ser la España construida después de estar construida... yo quiero ser la España que me parieron mis antepasados locos... los que arrastraban en la noche un paso caduco, casposo, carpetovetónico...






miércoles, 29 de junio de 2016

LA PINZA EN LA NARIZ





"The Syrian Elections" (Yasser Abu Hamed)








La vieja expresión de “votar con la pinza en la nariz”, referida habitualmente a ese votante que hace de tripas corazón, o mira para otro lado, a la hora de votar a su opción política, alcanza una nueva dimensión tras las pasadas elecciones en las que la pinza en la nariz no se la ha puesto el habitual votante del PP (el cual, desde luego, tiene mis respetos; es su opción, y punto), sino una nueva clase de votante que ha otorgado su voto a los populares simplemente por miedo, odio, y asco hacia otra opción política e ideológica, y eso es lo grave del asunto. Estos días verán ustedes por las calles de las grandes ciudades esos carteles que anuncian las rebajas en los comercios… yo personalmente estoy asistiendo al bochornoso espectáculo de las rebajas de los principios.     


No se trata del pataleo infantil ante los resultados electorales. Se trata del estupor. Tampoco queremos caer en maniqueísmos y prejuicios, ni reflexionar con el juicio nublado ni la venda en los ojos. Se trata de hablar de lo que hemos visto (aun admitiendo que muchas veces vemos lo que queremos y en lo que no interesa apartamos la vista, por lo que esta reflexión, al fin y al cabo, no deja de ser un análisis absolutamente subjetivo y personal sobre el particular estado de las cosas que nos ha tocado vivir)  


Cuando durante meses asistes al espectáculo de presenciar en la sociedad (en los diferentes estratos que podemos considerar ahora mismo “sociedad”, desde las barras de los bares a los muros de Facebook) el fenómeno “hater” hacía una opción política (Podemos), al más puro estilo futbolero (ya saben, ese madridista que lo único que le importa de verdad es que pierda el Barcelona, para ver la carita que se le queda a Piqué, o viceversa, para ver la carita que se le queda a Ramos), independientemente de cual sea la propia ideología del susodicho (el “hater” de Podemos incluye tanto partidarios de la derecha más recalcitrante como centristas convencidos aunque no moderados, liberales de nuevo y reciente cuño, o defensores de la izquierda “verdadera”), te das cuenta de que el viejo cainismo español está más presente que nunca en un espectro político estrangulado por sí mismo y gracias a esta misma sociedad que, no nos engañemos, prefiere la “comodidad” del bipartidismo. Un bipartidismo que lo único que nos ha traído es el monólogo de la desigualdad, la corrupción, los recortes sociales y la pérdida de derechos laborales.


Hay diversas corrientes filosóficas que mantienen que la libertad no provoca más que infelicidad en los seres humanos. El libre albedrío, la elección de tus propios actos, la capacidad de decidir entre distintas opciones produce la angustiosa inquietud de hacerte preguntas. ¡Cuánto más fácil resulta caminarse en la vida si ya te han señalado el camino por el que has de transitar! Condicionado y determinado desde la cuna. Si ya han decidido por ti que has de ser cristiano, heterosexual y madridista, por ejemplo, ¿para qué plantearte cuál debería ser tu propio camino? Igualmente en el terreno político encontrarnos de repente con distintas bifurcaciones que no sabes a donde pueden conducir provoca ese natural miedo a lo desconocido. Ese melón por abrir de la “nueva política” representado en su mayor medida por Podemos y Ciudadanos seguirá siendo una incógnita. Bien por miedo o bien por desprecio de sus propios simpatizantes (los partidarios de Ciudadanos que han dado la espalda a ese partido para ponerse la pinza en la nariz y votar al PP) no les vamos a dejar crecer. El bipartidismo, que no deja de ser un partido único, sale reforzado de este ejercicio de cinismo que ha supuesto el que el partido político que es noticia un día sí y otro también por escándalos de todo tipo haya subido nada menos que 14 escaños respecto a Diciembre del año pasado. Repito, esto no es pataleo, es estupor.
 

E insisto en que toda esta reflexión surge de la contemplación del retazo humanístico al que he tenido acceso durante este tiempo. El descarado sentimiento “anti” por delante de cualquier aspecto “pro”. Destruir en vez de construir. Y es que no ha bastado con la exhibición de odio hacia Podemos durante estos últimos tiempos, si no que la euforia de los resultados electorales lleva este fenómeno “hater” a niveles mucho más allá. Hablo de quienes han manifestado que han votado a un partido que desprecian (el Partido Popular) pero que buscaban frenar a toda costa (aún a costa de sus principios) el ascenso de Podemos. No han tenido reparos en mostrarse exultantes al grito de “¡Podemos jódete!”, un grito pueril e infantiloide al más puro estilo de “Puto Real Madrid” o “Puta Barça” con el que nos deleitan los mononeuronales hooligans futbolísticos, cada vez más emparentados con el actual “homo politicus” en la presente sociedad española.


Lo que estaba en juego para estos individuos no era el futuro del país. Era ver la carita que se les iba a quedar a Iglesias y Errejón. Y ya que la mezquindad encuentra recursos para justificarse a sí misma y el hombre es un trapecista que sortea el vértigo de sus propias incoherencias aún tendremos que asumir que gracias a su actitud, a su encomiable sacrificio, a su inmolación democrática y a su puñetera pinza en la nariz nos han salvado de un devastador totalitarismo comunista propio de la Unión Soviética de la primera mitad del siglo XX. Sí, amigos, en la España de 2016, ese es uno de los grandes argumentos que se ha vendido en esta espectacular campaña del miedo. La llegada de Podemos al poder sería capaz de transformar nuestro país en apenas unos meses en un país del Este de Europa de hace cien años. Apabullante argumento. Demuestran de este modo los de la pinza en la nariz no sólo una desconfianza total hacia sus conciudadanos, a los que ven como ignorantes borregos dispuestos a caer en las garras de ese sucesor de Hitler y Stalin llamado Pablo Iglesias, sino incluso un desmesurado recelo hacia nuestras instituciones y nuestra democracia. Un error, pues si de algo podemos presumir es precisamente de una democracia consolidada con los suficientes mecanismos de autodefensa para quien quiera echarla abajo. Este país sufrió una dictadura de varias décadas después de una ignominiosa guerra civil en la que muchos españoles que juraron la bandera roja, gualda y morada de la República Española fueron obligados a cambiarla por otra y defenderla con su vida si fuera preciso. Este país asumió una transición (nada modélica, por otro lado, pese a la propaganda existente al respecto, ya que hablamos de casi seis centenares de muertos entre 1971 y 1983 por violencia policial o por atentados y acciones de grupos tanto de extrema derecha como de extrema izquierda) en la que a la fuerza hubo que perdonar todo el daño causado por el franquismo y forzar las heridas a cicatrizarse. Y este país incluso sobrevivió al intento de golpe de estado de otro salvapatrias iluminado. ¿Se cree alguien que un joven profesor universitario iba a ser capaz de acabar con nuestra democracia, en el improbable caso de que ese fuera su deseo? Es tener muy poca fe en nuestro país, pero, sinceramente, no me extraña, cuando se vive poseído por un dogma y una verdad absoluta que afirma que todo lo que tenga que ver mínimamente con la izquierda conduce al totalitarismo y la pobreza.


El voto anti-Podemos de estas elecciones constituye un asombroso episodio jamás visto en la democracia española, ya que ha sido habitual ver en nuestras elecciones el llamado “voto de castigo” con el que muchos ciudadanos se ponían la pinza en la nariz para votar a otro partido corrupto y con siniestros episodios a lo largo de su historia, caso del PSOE, para echar de la Moncloa al gobierno popular del momento. Y de igual manera pero en sentido contrario, muchos electores desencantados con el Partido Popular, les daban su voto para que el PSOE finalizase su ciclo legislador. Pero por primera vez en la historia de nuestra democracia muchos españoles admiten haber votado no para castigar al gobierno vigente, ni siquiera para frenar el posible ascenso de la oposición que corresponda. Por primera vez se vota para atacar a un partido con apenas dos años de existencia y que no ha tenido tiempo aún de demostrar nada ni para lo bueno ni para lo malo. Un demencial voto “preventivo” basado en que Podemos es lo mismo que el estalinismo de la URSS, la Camboya de Pol Pot, el régimen talibán de Afganistán, el estado nuclear de Corea del Norte, y por supuesto y por encima de todo la Venezuela de Chavez y Maduro. Una cacería ideológica sin precedentes fomentada desde medios de comunicación con titulares lo más tendenciosos posibles (uno de los ejemplos más kafkianos, acusar al ayuntamiento de Ada Colau de organizar eventos infantiles en los que se enaltece el terrorismo… porque una banda musical en el tenderete de una plaza se puso a tocar el conocido “Sarri Sarri” de Kortatu), una persecución implacable a todo lo que tenga que ver con Podemos en un impúdico ejercicio de persecución durante las 24 horas del día para que el ciudadano se escandalice porque comen gambas o tienen un Iphone. No exageramos, periódicos como La Razón o el digital OK Diario se han convertido en el particular “timeline” de políticos como Manuela Carmena. Una vergonzosa agenda consistente en seguir a la alcaldesa de la capital de España a todas partes y a todas horas para pillarla en algún desliz. Una especia de Stasi periodística que aun así palidece ante nuestro actual Ministerio del Interior y su persecución ideológica ante todo lo que tenga que ver con el independentismo catalán, como han desvelado las gravísimas grabaciones que han salido a la luz estos días revelando las conversaciones entre el ministro Fernández Díaz y el máximo responsable de la Oficina Antifraude catalana. Y es que aquí no estamos para construir nada por el bien de España, aquí estamos para despellejar al “rival” hasta dejarlo en carne viva y reírnos, una vez más, con la carita que se les ha quedado a Iglesias y a Errejón.   


La demonización hacia Podemos no conoce parangón en la historia de nuestro estado español. No ha habido, ni por lo más remoto, este discurso del miedo ni esta alerta para nuestra democracia siquiera con los distintos partidos extremistas que ha conocido nuestro país , desde Fuerza Nueva hasta Democracia Nacional, y no lo hubo desde luego en su momento cuando la democracia comenzaba a andar tras la dictadura franquista con partidos como la Alianza Popular de Manuel Fraga, cuya herencia con el franquismo estaba fuera de toda duda, comenzando por la figura de su presidente y fundador, el citado Manuel Fraga, quien ocupase distintos cargos durante el franquismo, siendo el más relevante el de Ministro de Información y Turismo, en una época en la que en España se fusilaba en cuanto a las creencias políticas con casos tan sonados como el de Julián Grimau del que Fraga fue parte activa. Tampoco lo hubo con el Partido Comunista de Santiago Carrillo, joven secretario general de las Juventudes Socialistas Unificadas en 1936 y uno de los responsables del traslado de dos mil prisioneros contrarios a la República que acabarían siendo asesinados vilmente en las matanzas de Paracuellos del Jarama. Fraga y Carrillo, máximos exponentes de la fractura de las “dos Españas”, y ambos con las manos manchadas de sangre, no conocieron ni de lejos la demonización actual que sufre un joven profesor universitario sin ningún tipo de bagaje político hasta la fecha y al que lo único de lo que se le puede acusar es de lo que haya dicho en alguna tertulia televisiva. Es decir, la demonización del pensamiento.  Con Fraga y Carrillo se aludió a la madurez del pueblo español, capaz de saber distinguir el contexto que se abría ante España en aquel momento del de la España de la guerra civil. Una madurez que ahora no se nos reconoce. El voto a Podemos llevaba inevitablemente al país al desastre, sin posibilidad de retorno, sin posibilidad de que nuestros mecanismos encontrasen la solución si realmente hubiera llegado el caso de que Pablo Iglesias, una vez instalado en la Moncloa, se hubiera erigido en dictador y expropiase a los españoles, tanto de naturaleza física como jurídica, de todas sus (escasas a día de hoy) posesiones. La no asunción de esa madurez si reconocida en los tiempos en los que políticos totalitarios como Fraga o Iribarne comenzaban a manejarse con sus nuevas carreras dentro de la democracia parece llevar implícito el pensamiento de que los españoles, 30 o 40 años después, nos hemos vuelto tontos. Y en efecto, a tenor de los últimos resultados parece que nos hemos vuelto tontos.


La recompensa que obtenemos gracias a los salvaguardas ideológicos tan atentos a la biografía intelectual de los podemitas  es la más que posible nueva legislatura del gobierno más salpicado por escándalos de corrupción que ha conocido nuestra historia. Insisto en que (no me queda más remedio) he de respetar al votante popular convencido de que el gobierno de Rajoy es lo mejor que le puede pasar a este país, pero mucho más difícil de respetar me resulta quien  con la pinza en la nariz ha dado poder e insuflado vida a un partido corrupto sólo por miedo a la ola que venía detrás. A ese ciudadano me veré obligado a recordarle, cada vez que haya un nuevo desahucio, un nuevo despido sin indemnización, cada vez que se firme un nuevo contrato basura, cada vez que se encarcele a alguien por sacar una pancarta en público, cada vez que estalle un nuevo caso de corrupción en el partido del gobierno, cada vez que Hacienda nos recuerde las decenas de miles de millones de euros que este país pierde en fraude fiscal, cada vez que haya un nuevo desfalco, cada vez que haya un nuevo recorte en nuestra sanidad o educación, cada vez que un joven con un inmaculado expediente académico haga las maletas para buscar un trabajo que no encuentra en casa fuera de nuestras fronteras, o cada vez que nuestro país haga tratos y negocios con estados que no respetan los derechos humanos, me veré a obligarle como digo su esperpéntico número de la pinza en la nariz y la irresponsabilidad en un acto tan trascendente para nuestro futuro como es el de votar en unas elecciones generales. 


Se ha hablado mucho, y con razón, de la falta de autocrítica de la izquierda tras estos resultados electorales. Cabe preguntarse una vez arrojada esa reflexión la autocrítica que pueda hacer un gobierno que se ve respaldado por un número mayor de ciudadanos que hace seis meses, muchos de los cuales no creen en ellos. ¿Qué autocrítica, que capacidad de mejoría podemos esperar de un gobierno avalado por un pueblo que antes que preferir apoyarle, se mueve por el impulso de odiar al conciudadano? 


Se ha hablado mucho, y también con razón, del populismo de la “nueva política” y del populismo de Podemos. Créanme si les digo que en todos los años de mi vida no he visto un mayor caso de populismo político que este infantiloide y trasnochado “¡qué vienen los rojos!” con el que muchos de nuestros ciudadanos se han arrojado a las urnas conscientes de que el hedor de su voto les obligaba a ponerse una pinza en la nariz… 



…pero todo por ver la carita que se les ha quedado a Iglesias y Errejón y echarnos unas risas… 



jueves, 28 de abril de 2016

HIPOCONDRÍA 43




“No pido de aquí en más buena fortuna, yo mismo soy la buena fortuna” (Walt Whitman, “Canto del camino abierto”) 





"The fools rule the world" Gyuri Lohmuller




Supongo que hoy es un buen día para reabrir este blog de mis cicatrices. Espejo laminado donde eyacular palabras y escupir tempestades. Y es que soy un año más viejo. 


El trueno no cesa. La tormenta, el vaivén. La joroba de calamidades, la hipocondría caminante, la obsesión compulsiva hecha carne y lamento. 


Ya todo lo que tengo es esto. Edad y recuerdos. Pasos hacia atrás e impulsos hacia delante. La memoria del hedonismo y de los tobillos alados.


El mejor regalo es la vida, los rayos de sol, la risa de I., “cuanto sé lo aprendí entre surcos de vinilo y vermouth”, y empaparme, bañarme en el simbolismo, Los Negativos, la Magia Negra, el modernismo, el futurismo, el dadaísmo, el surrealismo… el aliento de Fernando Arrabal. El sentimental nudismo anacoreta.  


Y es que me sigue emocionando como el primer día (toda la vida es en realidad el primer día) aquel verso enajenado de Rimbaud: “en efecto, los nervios están a punto de zarpar”. El poema se llamaba “Veinte años”, pero ya no hay número sino tránsito, y una hoja de hierba no es menos que el camino recorrido por las estrellas. O al menos eso me enseñó Walt Whitman en su cabaña de triunfos y celebraciones. 


Estamos llegando al punto de que se cierna un nuevo Pentecostés sobre nuestras cabezas, de tal modo que me canto, me celebro y me estremezco ante mí mismo. 



Quiero más.  



viernes, 19 de febrero de 2016

PECHOS











Observo como una parte de la población masculina de este país se sigue sintiendo intimidada ante el feminismo radical de la exposición de los pechos al aire. La revolución pectoral. La revolución no será televisada, pero será amamantada. 


No es la vulva lo que impone, por mi vulva, por mi vulva, por mi grandísima vulva. Se tolera el sexo vaginal, geometría púbica y poética. La dialéctica del coño, columpio literario rotundo y español, muy español, ¡coño! Mi querido y admirado cosmonauta de las letras, Juan Manuel de Prada, les dedicó todo un libro a los coños en aquellos tiempos juveniles que le saludaban como un nuevo Umbral traspasando un nuevo umbral. Como buen cristiano bendice el coño, flor de vida, luz vaginal, pero los pechos, ¡ay los pechos!, los pechos son otra cosa. Se nos va de los senos. 


Pechos pochos pinchados a pachas. Pinchos de pechos. Pechos panchos. Panchos pechos. Pechos somnolientos entre discos de Los Panchos y Los Pecos. 


El pecho asusta al hombre, con su rotundidad anárquica y voluptuosa. No es la florecilla delicada de la matriz entrepernil. Ese triángulo atrapado entre muslos que no ofrece resistencia. El coño no amenaza.
 

Pero el pecho dispara rabia y fuego. Es el pecho la raza, en todos sus colores, tamaños, extensiones y olores. El pecho leve o el pecho fuerte. El pecho plano o el pecho turgente. El pecho afortunado o el pecho sin suerte.


El pecho asfixia, cual estanquera de Fellini, estrangula los miedos del hombre, le recuerda su pequeñez ante la mujer y la naturaleza. Le retrotrae al nacimiento, al suyo propio y al de la humanidad entera. La venus paleolítica. La Venus de Willendorf, que es todo pechos. Pechos ancestrales. Pechos que se pierden en la noche de los tiempos. Pechos que son la espuma de los días. Pechos que son labios de amanecer. Pechoglicerina y tetalogía de las cosas.  


El pecho es libertad, anarquía, blasfemia y transgresión. El pecho es el tobogán por el que se deslizan los ideales. El pecho es metralleta y martillo. El pecho es la escoba que barre la caspa casposa de la España más rancia, la que se quedó en el coño y se asusta ante el pecho. La que sigue sin ir al cine por miedo a ver una película basada en pechos reales.  Si la Armada Invencible se hubiese formado de pechos, y no de barcos, el sol seguiría sin ponerse en nuestro imperio. 



Nuestro imperio, claro está, de pechos.