sábado, 12 de mayo de 2018

CONVIVIR ENTRE LAS BESTIAS



"Compulsory Education" (Charles Burton Barber, 1890)




A menudo me congratulo de vivir al margen de lo que llaman actualidad. Haber escogido para mi vida un cocktail salvaje en el que lo mismo pueden convivir canastas de un baloncesto supersónico junto a celuloide rabioso, o melodías anfetamínicas al lado de versos de malditismo. “Fuera del mundo”, como tituló Luis Antonio de Villena a una de sus más hermosas novelas. Al margen de las atrocidades de mis congéneres, a sabiendas de que entre ellos puedo encontrar tanto a un artista capaz de escribir canciones con una asombrosa capacidad para sobrecogerme como es Adolfo Díaz, de Airbag, junto a trogloditas mononeuronales como Luciano Méndez Naya. Es un ejemplo de lo mejor y lo peor del ser humano que se me ha venido a la cabeza porque ambos comparten actividad profesional, posiblemente la actividad profesional más importante para el futuro de nuestra especie: la docencia.


Me empuja a escribir este texto mi propia sorpresa. Tras varias semanas en las que pensaba que no se podría llegar más lejos en cuanto a ignominia y estupidez en el triste caso de “la manada” la impúdica exhibición del profesor universitario de Santiago de Compostela aludiendo a la condición de víctimas de los abusadores sexuales (según la justicia) o violadores (según la gran parte de la sociedad) y de culpable de la mujer vejada, tirando de un machismo rancio y barato lleno de tópicos resumidos en “bien sabía lo que hacía” que sin duda haría felices a esos jueces que siguen pensando que la culpa es de ellas, por ponerse minifalda. Haciendo una simple búsqueda en Google sobre el sujeto comprobamos que su (por llamarlo de algún modo) razonamiento no es casual, y ya cuenta en su historial con antecedentes de grosería, mala educación y falta de respeto a su alumnado femenino (y con ello también a la mayor parte del masculino, el que tiene dos dedos de frente y un mínimo de sensibilidad para saber que sus compañeras no tienen porque aguantar a semejante espécimen detrás de una mesa soltando barbaridades) Duele ver una tierra como Santiago y Galicia con este olor a naftalina, como si no hubiera avanzado desde los tiempos que narra “Fariña”, con sus políticos corruptos, nepotismo en las instituciones, alcaldes con la foto de Franco en sus despachos, y machismo de aliento a orujo.


Luciano Méndez lo ha conseguido. Ya tiene sus minutos de fama y gloria. Ya puede empaparse de victimismo ante el linchamiento mediático que van a provocar sus comentarios. Precisamente eso es por lo que sigo pensando en volver a refugiarme en mi particular trinchera. Un sujeto así no se merece si quiera la repulsa. Cuando pienso en personajes como Salvador Sostres tengo claro que es un individuo altamente abofeteable, pero lo peor que puede suceder es que alguien le abofetee. Este tipo de individuos, provocadores baratos amplificados por el estercolero de las redes sociales, buscan cargarse de razones y alimentar su propio victimismo. Son los adalides de la incorrección política. Los que se atreven a llamar al pan pan y al vino vino. Cuantas veces habremos escuchado a sujetos de este pelaje hablar de censura y de que no pueden decir lo que piensan. Es falso. Afortunadamente en este país hay una dosis importante de libertad de expresión (no total, como hemos visto recientemente con casos como los de los raperos Valtonyc o Pablo Hasel), la suficiente como para que elementos perdidos en algún momento de la cadena evolutiva se pongan del lado de los abusadores/violadores y vejen con sus comentarios a la abusada/violada. Llenar su muro de Facebook de insultos y amenazas les retroalimenta: “¡miren, miren como me linchan las masas por haber expresado mi opinión!” Nada, sin embargo, les haría más daño que ver como su basura verbal pasa desapercibida, como sus palabras no provocan ninguna reacción.


El día que estos señores anclados en el Medievo vean que sus soflamas caen en la más absoluta indiferencia, el día que no reciban ni un solo insulto en su Twitter o en su Facebook, entonces, por un acto natural de evolución, desaparecerán, o se adaptarán al nuevo ecosistema.


Será el día en el que habremos aprendido a convivir entre las bestias. Lejos de golpearlas, hay que acariciarlas el lomo y darles un terrón de azúcar.

domingo, 6 de mayo de 2018

UMBRAL MUERTO EN ROSA







A nadie se le escapa a estas alturas de mi muerte que sólo vivo para rendir cuentas a Dionisos. Homenaje constante de garganta y entrepierna. Episodios de locura esporádica, epilepsia verbal y catarsis. Son esos momentos de lucidez luciferina en los que se hace necesario reivindicar que el conocimiento, la gnosis, no es acumular datos inservibles en tu cerebro como si fuera un armario ropero (recuerden una vez más la teoría de Sherlock Holmes en “Estudio en escarlata” cuando confiesa a Watson que no sabía que la Tierra giraba alrededor del Sol porque lo consideraba un dato totalmente inútil para su trabajo, ergo, su vida), si no abrir puertas en tu mente que no creías que existiesen o mejor, no desearías que existiesen.


El origen primigenio del sexo, la violencia, la catarsis, el dolor, la muerte, el caos y Dionisos.


Son esos pequeños momentos de lucidez, de explosión, de puertas abiertas al conocimiento en los que me apetece escribir porque es mi manera de homenajear a Dionisos, a la Tierra, la Luna y la locura y la muerte marchita de todos los poetas malditos que me antecedieron y llenaron el suelo de semillas de maldad...


...a nadie se le escapa que en estas locuras recurrentes hay obsesiones que se repiten, mantras malignos de psiconaútica, magos, nigromantes, guionistas de comics de superheroes... asideros de consuelo existencial, páginas de maledicencia, brotes de vileza, líneas de descalabro mental, renglones torcidos de Lucifer...


A veces en una sola página te hundes como caminando sobre arenas movedizas. El poder de las palabras, la diálisis de la locura y el esperpento.


Sucedió en una de esas tardes de Primavera volcada en granito, hormigón de oficina, y el desacato de bocadillo en un parque de Avenida de América. Eran los tiempos felices de Clara de Rey, mezclando la renta variable y el euribor con los bares del barrio de Prosperidad y una eterna adolescencia de administrativo domesticado, tiempo después de abandonar los escenarios y desear arrojarme desde la ventana de mi oficina tras hablar cualquier tarde con mi madre preguntándome que hacía ahí metido, en qué momento traicioné mis instintos y mis vísceras y le di la razón a Mestre cuando escribió que la Poesía ha caído en desgracia.


Sólo me salvaba, claro, la lectura compulsiva, como debe ser cualquier actividad. Cualquier actividad que no sea compulsiva no merece la pena. Bebemos compulsívamente, comemos compulsívamente, follamos compulsívamente, compramos discos compulsívamente. Son cosas sin las que no podemos vivir porque nos rescatan del pozo querubínico y efébico de Apolo. Nos devuelven a Dionisos.


Yo llegué a “Mortal y Rosa” una de esas primaveras de suicidio aritmético, de esquizofrenia calculada. De vivir al filo de la cordura, la peor pesadilla imaginable. Sólo me salvaba la lectura y el bocadillo de anfetamina. Y Umbral me golpeó con esos momentos concretos, esos puñetazos de realidad que ninguno desea. Yo me sumergí en aquellas páginas tan inocente y virginal como siempre lo he hecho. No sé nadar. Esto no es una metáfora. No sé nadar. Mi vida es un ahogo constante. Necesito branquias y vino. Había una página, una simple página que era una tormenta, en la que Umbral, muerto, roto y hundido, veía pasar a un señor leyendo el periódico. Ese señor que lee el periódico por las mañanas y se compra unos churros. Umbral quería ser ese señor. Yo quería ser Umbral y quería ser ese señor. Umbral quería ser ese señor y mitigar su dolor (escribe “Mortal y Rosa”, imagino que ya lo saben, cuando ve morir a su pequeño hijo de leucemia), quería ver pasar la vida. Quería ser ese señor que vive domesticado cabalgando su particular mascota de la monotonía. El confort de la rutina. La vida sin sorpresas. Eterno Kant paseando por la plaza de Konisberg cada día a la misma hora.

Era ya Umbral un macho hispánico de las letras, de gafas de culo de botella y pelo en pecho que se dejaba fotografiar desnudo en la bañera con su Olivetti. Pero se le murió un hijo y sólo quería ser un señor que viera la vida pasar, comprando el periódico y unos churros.

Y luego vinieron “Las Ninfas”, “Los Helechos...”, y el sol volvió a salir para imponer su dictadura. Ya no se respeta ni el dolor. Todo es una exaltación. Así sea.


Voy a abrir otra botella.


Pero nunca olvidaré esa página en la que Umbral quería ser ese señor que pasaba con el periódico bajo el brazo, y yo quise ser Umbral, y a la vez ese señor que pasaba con el periódico bajo el brazo...


Así nos convertimos todos en un mismo coro de mierda y democracia.




sábado, 24 de marzo de 2018

TENGO UNA MUJER EN CASA ESPERÁNDOME LLEGAR








He llegado a casa ardiente y hambriente de ardor y de hembra buscando en la nevera la capilla refrigaredora de mi fe en el verbo hecho carne. Y he sentido y sufrido una epifanía. Una de esas epifanías que golpea como un servicio de John McEnroe. Libertad. He pensado en la libertad. Ha sido un mero instante, un mero hecho mejor hecho que en Casa Pepe, que ha surcado por el cielo de mi mente quejumbrosa de vino tinto y anfetamina. He pensado en la felicidad y ligereza del alma que supusiera estar y ser libre, sin ser atado a ninguna relación amorosa y afectiva. Duró apenas un segundo para que enseguida mi pensamiento volviera a cabalgar sobre la imperfecta perfecta perfecta imperfecta I. y sus curvas de vértigo y su pelo de amaneceres dorados y placenteros y pensar en que me esperaba en la cama. Yo quiero/amo a I., pero a veces cuando abro la nevera tengo ese pequeño momento de debilidad de apenas un segundo de esa libertad de barcos que navegan sin conocer el puerto de destino. Dura un segundo y enseguida recuerdo su figura de deseo y volcanes de metralla sentimental. Y entonces recuerdo quien soy en el espejo de mis recuerdos y porque he llegado a I.


Cuando era más joven, joven de cuerpo de hostia consagrada y voz de San Ildefonso, añoraba el amor que no tenía como tierra prometida del día que las hormonas me dejasen lucir bigote. Yo me enamoraba del amor, decían mis amigos, porque tenía esa necesidad de estar enamorado, que es una especie de cosmogonía del infinito. Era una libertad azul y oceánica, como una piscina de acordes menores y acordes abiertos. La utopía del amor, como el comunismo negro y africano, la tierra de los corazones libres. Era todo una montaña rusa que acababa cabeza abajo con cerveza caliente y vómitos en el ascensor y ni siquiera Iker Jiménez en la radio para consolar la rabia rabiosa de la rubia robona de mi corazón. Aullar a la luna y descorchar botellas de esperma. Nada más que un grito silencioso de dicotomía y psicalipsis. Era, claro, todo más fácil cuando vivías en el victimismo de que aquello del amor no existía más allá que mirar la luna por un catalejo...

...pero apareció I.

Y entonces esa epifanía de abrir la nevera buscando un trozo de carne, un corazón de buey palpitante, una tableta de chocolate con cerebro epiléptico, un yoghurt de psylocibes cubensis, ese instante latente en la sien que reclama la libertad de la entrepierna para buscar el sexo de las cloacas libertinas, se solapa y se calla y cae mudo cuando pienso en I., porque pienso entonces que tengo lo único que he podido tener después de desear esa luna que miraba por el catalejo después del baile de los vómitos en el ascensor.

Y es porque tengo una mujer en casa esperándome llegar.

“Tengo una mujer en casa esperándome llegar” era una frase recurrente de uno de los personajes de mi obra “Cumpleaños Infeliz”, escrita en algún año de la década de los 90 que no puedo precisar. Era una obra tonta y mordaz, una melodía misántropa sobre la amistad y el desamor en la que el protagonista, víctima del desamor cual si hubiera subido al coche de la reína de la noche de Tino Casal, veía como toda su vida, es decir, su puta apuesta “all in” al amor se esfumaba entre sus dedos como arena de playa delante de sus ojos y de la picha de su (único) mejor amigo que le espetaba constantemente el “tengo una mujer en casa esperándome llegar”, y aquello era un puñal que se clavaba en el alma de mi protagonista que sabía que a partir de entonces sería presa de la libertad, viviría eternamente encerrado en la cárcel de la libertad, en ese abrir la nevera buscando el yoghurt de psylocibes y anfetaminas, un recital y un discurso de verdugos asesinando a Dios, creándolo y creyéndolo como diría Unamuno para que pueda existir, pero con la realidad de que esa libertad es la infelicidad de que no tendrá una mujer en casa esperándole llegar.


Y es que al final la vida del ser humano masculino y heterosexual se basa en tener una mujer en casa esperándote llegar.


“El hombre no está hecho para estar solo”, le dice el detective Bullock a Jim Gordon en el primer episodio de la tercera temporada de “Gotham”, estrenado hace unos días en este Septiembre de 2016...

...”no es bueno que el hombre esté solo”, me confesó el gran cínico ponferradino mi amigo el Viejo Zorro hace más de 25 años en una revelación casi divina de círculo buscando cerrarse. ¿Era o es acaso el Viejo Zorro el detective Bullock?, ¿soy yo acaso un Jim Gordon?, ¿o somos todos los mismos unos mismos unas mismas piezas de un tablero quebrado en una esquina de primavera rota? ¿una resolución irresoluble de un sudoku creado por Dios en sus ratos libres algún miércoles que no hubiera Champions League?

Y todo esto me vuelve a llevar a Unamuno, claro, y a ese desolador pensar si existimos porque Dios nos ha creado, o Dios existe porque creemos en él. Pero lo cierto es que Dios y yo no puede existir tan cierto como que la nevera no puede abrirse sin una mano que asa el asa.

Disgregación, que es un como un haiku del alma partida...

...porque yo había llegado aquí después de una epifanía, una nevera, una tableta de chocolate recitando a Walt Whitman, y una mujer en casa esperándome llegar...

...pero ya tan aburrida y dormida como una llama que se apagó no porque nadie la avivara, si no porque siquiera nadie la mirara (esa llama tan triste y tan digna en su derecho existencialista a reclamar tanta atención como el árbol que cae en medio del bosque sin que nadie lo escuche)... esos sortilegios de la metafísica...

...yo, a pesar de todo, de mi catalepsia y vértigo condensado en una taza del water, tengo una mujer en casa esperándome llegar...

...lástima de ella que escogió mal, y se quedó con el poeta en vez de con el panadero...
    ...mi horno es el infierno... he ahí mi condena...

jueves, 11 de enero de 2018

SÓLO AMNESIA











Ahora que todo se ha convertido en congoja y reflexión, cualquier movimiento me resulta susceptible de ser analizado. Introspección quirúrgica para entender y entenderme en el mundo que me rodea. Día duro ayer, abierto a las cinco de la mañana para tomar un tren camino a León a despedir a un ser muy querido. Despedida que no es tal, puesto que a un ser querido nunca lo despides, camina contigo siempre. El paseo por el Bernesga desde la estación del ferrocarril hasta el tanatorio estuvo presidido por una melancolía insoportable. Fueron apenas 20 minutos, pero de los 20 minutos más hermosos de mi vida, poseídos de una belleza gélida y desoladora que sólo se puede encontrar en León. Qué frío y bonito estaba León ayer. Qué hermosa decadencia se encuentra paseando entre la niebla y la lluvia. Una niebla que sólo puedo tolerar en el norte, como si sólo en norte tuviese derecho al misterio, a envolver la ciudad en el velo escarchado de la meteorología. 


Fue un día duro que comenzó muy temprano, y tan temprano fui presa del juego perverso de mis pensamientos. No fue hace mucho que asaltaba las estaciones ferroviarias de madrugada, a las que convertí en uno de mis hábitats naturales de vida licenciosa. Los vestíbulos y andenes de estos lugares sagrados constituían a esas horas ejercicios de soledad salvaje y anfetamínica. Visitar una estación de madrugada era puro vómito, algo ajeno a cualquier ciclo vital y a cualquier lógica biorítmica. No echo de menos aquella rutina. No hay cuerpo que aguante tanto azote disoluto salvo que tu cuenta corriente te permita limpieza de sangre en la mejor clínica privada suiza. Me he domesticado hasta el punto de disfrutar el despertador de madrugada como nunca, y tengo la filosofía de que las tareas, cuanto antes las haga, mejor y más día me quedará para el ocio, y creo firmemente que el cambio de hábitos generalizado que está teniendo lugar en este país, adaptándonos a horarios más “europeos” es bueno. Pero no puedo evitar la sensación de que lo único que hemos hecho es alargar la actividad. Yo personalmente madrugo mucho más pero no me acuesto mucho antes. Menos horas de sueño, menos descanso, y posiblemente menor calidad de vida por mucho que recurra al hedonista lema de “ya dormiré cuando esté muerto”. El ajetreo que hay actualmente en Chamartín en las madrugadas de cualquier día laboral no me parece sano. Ni siquiera pude dormir en el tren debido a la exultante actividad de los viajeros, trabajadores henchidos de maletines, carpetas, llamadas telefónicas y conversaciones en busca de levantar el país un día más. Como soy así de retorcido intuyo que esto es otro gran triunfo de un estilo de vida (y de muerte) cada día más agotador. Tan sencillo como que cuanto menos durmamos más producimos y por supuesto más consumimos, y así el insaciable Ouroboros sigue mordiendo su cola. La bestia nunca puede parar. El carrusel interminable, el tío-vivo imparable. Ya lo anunciaron Lagartija Nick: “dentro de poco subiréis a la noria, donde el vértigo confunde paranoia y gloria”, para convertirnos en “sólo amnesia entre lo que he visto y lo que soy”. Tenerlo todo para no tener nada. Toda la información, todas las noticias, todas las series de televisión, todas las novelas, todas las películas, todos los continentes, todos los países, todos los rostros, todos los cuerpos. Tenerlo todo para no tener nada. Sólo un cerebro atropellado. El hombre del siglo XXI es una amalgama de titulares de prensa apenas entendidos, capítulos de series de televisión visionados a doble velocidad, o discos escuchados de pasada a través de un ordenador. Aquella visión asfixiante que nos trajeron las grandes ciudades de “un rostro entre la multitud” se ha convertido directamente en nuestra gran neurona; única, grande y libre (neurona hay una y no cincuenta y una) Lo tenemos todo para no tenernos ni a nosotros mismos. Pérdida la capacidad de reflexión, abandonado el tiempo de pensar, todo es un atropello. El pensamiento triturado en red social, con resultados desoladores. Colgamos enlaces que supuestamente apoyan nuestras ideas cuando quieren decir todo lo contrario, lloramos fallecimientos sucedidos hace cinco años, o calificamos de indignante actualidad a noticias acontecidas hace diez meses simplemente por no mirar siquiera cuando están fechadas. Celebramos las “fake news” como si los protocolos de Los Sabios de Sion se siguieran colando cuales goles por la escuadra y reenviamos enérgicas cartas que algún ingenioso bloguero decidió firmar como José Luis Sampedro o Pérez Reverte. Alertamos sobre medidas antiterroristas que el gobierno no quiere que conozcamos y denunciamos oscuras conspiraciones tapadas por la prensa convencional. Pensar poco, preferir la acción a la reflexión, y finalmente traducirlo en un verbo cada vez más castigado. Que escribimos peor es un hecho que se demuestra con un simple vistazo a las redes sociales. Gramática, sintáctica y ortográficamente hemos arrojado a las letras al holocausto, porque si escribir no es si no dar cuerpo a nuestros pensamientos, cuando esos pensamientos acaban presa de la atrofia las palabras caen, como dijo Mestre de la poesía, en desgracia. 


Se trata de estrangular el silencio y asesinar la quietud, no sea que nos molesten nuestros propios pensamientos. 



martes, 10 de octubre de 2017

CUANDO NADIE DUDA





Nos pirra Pirrón



Vuelvo a vestir la piel del Eyaculador conduciendo mis pensamientos a través de las Palabras. Busco mi papel en la obra, mi lugar en el mundo. Hasta ahora, durante este viaje,  he perseguido a toda costa mi libertad individual y la independencia de mi pensamiento. Para ello el primer requisito fue liberarme de todo aquello que pudiera lastrar mi caminar. Las verdades absolutas, los dogmas, las banderas por las que luchar o las religiones a las que profesar fe. Dudar de todo, suspender el juicio, reivindicar a Pirrón de Elis.  


Pero en vista de que peor visto que tener una opinión propia está el no tener ninguna, y ante la gravedad de los acontecimientos a los que nos han empujado a unos cuantos españoles sin voz ni voto para decidir nada, aquí voy a plasmar una serie de Eyaculaciones Verbales que sirvan de testimonio inequívoco para cuando vengan las purgas, detenciones, arrestos y encarcelaciones. Para cuando finalmente hayan triunfado los fanáticos, los de las verdades absolutas, los dogmas, las banderas por las que luchar y las religiones a las que profesar fe. Para que sepan entonces que hacer conmigo, que "estrella de David" colocar sobre mi pecho. 


No me gustan los nacionalismos ni los patriotismos. Ninguno. Ni el españolismo, ni el catalanismo, ni el galleguismo, ni el bercianismo, ni el leonesismo, etc, etc. En mi opinión es una ideología obsoleta para un siglo XXI que debería haber aprendido de los errores del siglo XX, errores manifestados a lo largo de toda la centuria, desde el "Levantamiento de los boxers" en China hasta los conflictos en la antigua Yugoslavia que finalizaron con la guerra de Kosovo en 1999. En todos los casos el sentimiento nacionalista y el odio al vecino y al extranjero dominaron a unos ciudadanos que se levantaron en armas para matarse defendiendo una bandera. Y no creo que sea necesario recordar que a lo largo de la historia el nacionalismo se ha caracterizado por una demonización al foráneo lindando con el racismo y la xenofobia, amparándose en peligrosas alusiones a conceptos como la “raza” y la “sangre”.


Esta es mi muy humilde y muy modesta opinión sobre los nacionalismos. Insisto e insistiré cada vez con mayor fuerza en la humildad de dicho planteamiento no buscando el favor de una falsa modestia si no porque precisamente, y de eso va todo este texto, el paso de los años me hace cada vez más conocedor de mi desconocimiento y poseedor de mi ignorancia. Es una simple opinión, muy lejos de la verdad absoluta y totalmente alejada de cualquier intento de posesión de eso que llaman “tener razón”. Desearía que esta opinión no me calificase ante los ojos de los demás como un fascista, un represor, o un totalitario, pero lógicamente es algo que no puedo controlar. 


Porque una cosa es mi opinión sobre los nacionalismos, que he dejado clara líneas más arriba, y otra es la necesidad de convivencia con aquellos que tienen otro punto de vista. No es sólo necesidad de convivencia lo que me mueve a respetarlos e incluso intentar comprenderlos, si no que más allá es una cuestión de principios. Tendría un gravísimo problema si no fuera capaz de comprender que existe un elevado número de vecinos, amigos, hermanos, paisanos, conocidos, conciudadanos y demás que tienen cosido en el alma ese sentimiento patriota o nacionalista para con sus respectivos pueblos, naciones, regiones, estados y banderas. Y eso he de respetarlo. No es tan difícil respetar las opiniones ajenas si uno se lo propone (pero claro, hay que proponérselo, y repito, despojarse de cualquier verdad absoluta) No estoy en la vida para repartir carnets de autenticidad. Lo que estamos viviendo estos días es precisamente un problema de absolutismo y de pensamiento totalitario sin margen de autocrítica por ninguna de las partes. De un puñado de españoles diciéndonos que sólo hay una manera de ser españoles, y de un puñado de catalanes diciéndoles a sus paisanos que sólo hay una manera de ser catalanes. Todo lo que se escape de ambos bandos es mirado con recelo, o directamente catalogado como “contrario” de uno y otro bando. Yo mismo tengo la sensación, precisamente por haber expresado mi “neutralidad” en esta ridícula guerra de banderas, de ser visto como un simpatizante del independentismo catalán por parte de quienes abogan por la unidad territorial de la España que conocemos desde los Reyes Católicos y por la infalibilidad e imbatibilidad de la Constitución como dogma de fe inamovible, y por otro lado ser visto como un españolazo rancio por parte de los catalanes que no desean permanecer un segundo más dentro del organigrama político del estado español.


El delirio del momento actual es tal que abogar por el diálogo (es decir, lo que siempre parece el camino más sensato) te convierte en cómplice de “golpistas”, si nos atenemos a las barbaridades escuchadas y leídas estos días, entre ellas las de quien fuera vicepresidente de un gobierno bajo cuyo manto se amparó y financió a un grupo antiterrorista que directamente no fue otra cosa que otro grupo terrorista más, sólo que éste pagado con el dinero de todos los españoles, y que llevó a prisión entre otros altos cargos a un ministro del interior, a un secretario general del partido de aquel gobierno, o a un general de la Guardia Civil. 



Las cloacas del estado.



Yo no me considero ningún antisistema. Me interesan las utopías anarquistas, pero en la práctica no las veo viables. Me gusta el “sistema”, o al menos creo en él. Creo en el socialismo, en el “estado de bienestar”, y en que todos contribuyamos en la medida de lo posible al beneficio de todos. Creo, en general, en el estado, y creo en sus fuerzas de seguridad y en sus garantes, pero por eso mismo debo ser crítico con sus cloacas (y ahí arriba acabamos de hablar de una) Criticar la violencia policial o el uso desproporcionado de la fuerza no me convierte en ningún “progre podemita bolivariano”, quiero pensar en todo caso que me convierte en un ciudadano crítico y responsable con el país en el que vivo. Ver conciudadanos jalear la contundencia policial (y digo bien, jalear, como si en un partido de fútbol estuvieran) empleada sobre algunos de los votantes al referéndum convocado por la Generalitat el pasado 1 de Octubre remueve las entrañas. Si esos conciudadanos son felices con esas imágenes, las cuales han dado la vuelta al mundo, quizás yo debiera plantearme también si merece la pena vivir en el mismo país que ellos.


¿Es mucho pedir que quienes gobiernan nuestros designios, quienes se han ofrecido al servicio público (y qué obtienen pingues beneficios por ello, tanto en su activa vida política como en sus posteriores actividades privadas viendo devueltos los favores prestados anteriormente), tengan el cuajo suficiente para sentarse en una misma mesa y poner solución a este disparate dantesco? Parece que sí, que es mucho pedir. Y lo es porque cuando nadie duda no hay porque dar un paso atrás. Negociar, o dialogar, significar que todas las partes cedan en algo para que haya un todo que salga beneficiado. Pero es difícil llegar a plantearse eso cuando sabes que tienes detrás tuyo una legión de fanáticos enarbolando la bandera y amparando tu razón, tu verdad absoluta. Si realmente creemos en la política dejemos a los políticos hacer su trabajo, pero no alimentemos su sordera y su incapacidad para acercarse a otros planteamientos distintos a los de sus siglas, porque con ello lo único que hacemos es crear dirigentes tan ineptos y cerriles como Rajoy y Puigdemont, investidos ambos de un aura de santidad insoportable e instalados en una percepción paralela de la realidad. La psiquiatría lleva años abordando este problema. El trastorno mesiánico que envuelve a los líderes políticos, a los que la sombra de la duda ni les asoma. Los griegos lo llamaban Hibris, un castigo divino (“Aquel a quien los dioses quieren destruir primero lo vuelven loco” dice el proverbio) sobre quien se establece por encima de la ética y la moral. Rajoy y Puigdemont parecen modernos protagonistas de una tragedia griega, cegados por la vanidad de sus convicciones. El ser humano tiende a buscar la opinión acomodaticia. Escogemos nuestras fuentes de comunicación en base a nuestros prejuicios. Dicho de otro modo: escuchamos lo que queremos escuchar. Si esto sucede en cualquier hombre corriente, de la calle, ¿cuánto más no sucederá en quien se siente respaldado por millones de votos? Rajoy o Puigdemont escuchan complacientes a los millones de ciudadanos que les dan la razón… el problema es que no quieren escuchar a los millones que opinan lo contrario. El líder político actual ha perdido la capacidad de diálogo. No la necesita, es más, le estorba, le confiere debilidad ante los ojos de sus votantes y seguidores. 


A mi edad he visto y vivido toda clase de barbaridades y confrontaciones en este país. Nací durante los últimos años de un franquismo impuesto a sangre y fuego tras una guerra civil que nos marcó para siempre, una maldición, castigo divino sufrido precisamente por ese pensamiento totalitario de aquellos que elevan la bandera y se ofrecen, sin que nadie se lo haya pedido, para “salvar” a la patria. Crecí durante una transición que lejos de ser modélica nos mostraba las calles llenas de violencia y terrorismo. Un terrorismo de muchas caras, pero ninguna tan cruenta como la de ETA, la banda armada que destrozó centenares de familias, nos ilustró lo absurdo de los nacionalismos y nos hizo plantearnos tantas cosas (al igual que deberíamos plantearnos, hoy día, porque Euskadi vive un imparable descenso de sentimiento nacionalista, si nos atenemos a las últimas encuestas) He visto como el terrorismo yihadista, todavía más atroz por imposible que pareciera, nos ha golpeado con todo su odio en nombre de un dios que en caso de existir dudo mucho que exigiera tales sacrificios y baños de sangre para sentirse honrado. Y sin embargo no recuerdo una época de tanta crispación como la de estos días, y esto sólo puede ser explicado por el crecimiento de las redes sociales y una presunta “democratización” del pensamiento que hace que todo el mundo tenga su altavoz, tanto el hombre moderado que huye de radicalismos y no eleva la voz ante su vecino, como el furioso “hooligan” cuyo discurso se basa en el odio a quien no piensa como él… el problema, claro, es que siempre hace más ruido (y por tanto más daño) el “hooligan” vociferante que el ciudadano moderado.



¿La policía nunca se equivoca?



Recuerdo, en los momentos más tensos del conflicto con ETA y el nacionalismo vasco, a totalitaristas españoles pidiendo la expulsión de la selección española de fútbol (el equipo de “todos”) a los jugadores nacidos en Euskadi. Nada comparable a lo que sucede hoy día con Gerard Piqué. El caso de Piqué es paradigmático sobre como las redes sociales han condicionado el pensamiento a día de hoy y han amplificado el prejuicio [todo ello alimentado por el propio futbolista, instalado él mismo en otro tipo de pensamiento simplón de “buenos” (los patriotas catalanes culés) y “malos” (los patriotas españoles madridistas)] Piqué tiene nada menos que 16.400.000 seguidores en Twitter ¿Creen ustedes que todos ellos son realmente “seguidores” del jugador, en el sentido de “fans”, de aficionados a los que Piqué les entusiasma con su juego, personalidad y manera de ser? No, un altísimo número de sus seguidores son “patriotas españoles madridistas” que viven actualizando el Twitter del barcelonista a la espera de una nueva bajada al fango del jugador para retwitearlo con el consiguiente exabrupto. Tan estúpidos e intransigentes y poseedores de la “verdad absoluta” como el propio Gerard Piqué. ¿Qué diferencia hay entre un “ultra sur” y un “boixo noi”?, el radical que trata de imponer su bandera siempre es un radical, olvídense del color de la bandera… fíjense en el radical. Ese es el peligro.


La “ciberopinión” elevada a dogma de fe. Una de las características que más me fascina de este fenómeno es el uso de la imagen para dar peso a tal “ciberopinión” que en realidad no es más que un prejuicio elevado a la máxima potencia.  De ese modo pueden ustedes buscar fotografías o vídeos (y vamos a dejar el tema de la manipulación, el cual daría para otra Eyaculación aparte) de nuestras fuerzas de seguridad del estado excediéndose en sus funciones o haciendo un uso desproporcionado de la fuerza frente a ciudadanos en muchos casos indefensos, de igual modo que pueden encontrar imágenes de miembros de tales cuerpos teniendo que sufrir vejaciones, insultos y agresiones por parte de ciudadanos radicales; igualmente pueden encontrar sin dificultad como en las manifestaciones por la unidad de España de estos días la extrema derecha ha campado a sus anchas y ver sus agresiones a independentistas o a partidarios al menos de referéndums, derechos a decidir, y reformas de la Constitución, de la misma manera que encontrarán documentos que ilustran la violencia del independentismo más radical sobre aquellos ciudadanos pacíficos cuyo único pecado puede haber sido portar una bandera de España. Lo que si es cierto es que en la mayoría de los casos, quienes busquen y cuelguen en las redes documentos de un “bando”, muy difícilmente lo harán con los del otro. Y digo en la mayoría porque también es cierto que afortunadamente existe una clase de ciudadanos analíticos quienes desprovistos de ciega pasión si están siendo capaces de ver los excesos (y recuerden lo que decían los griegos de los excesos) de un lado y del otro. Ciudadanos en este caso que cómo ya he explicado serán vistos como “contrarios” por un sector y otro, de igual modo que estoy convencido de que una gran parte de quienes lean este texto sólo se quedarán con una parte y tildarán sin ninguna vacilación este escrito de libelo simpatizante con el independentismo o por el contrario de panfleto españolista a favor de la unidad territorial de nuestro bendito país, en vez de ver lo que pretende ser: un ejercicio de duda frente a la verdad absoluta. Y paradójicamente (no se puede concebir el ser humano sin la paradoja), siendo un texto que reivindica la duda, esto que acabo de explicar es algo de lo que si estoy totalmente convencido.



Permítanme que vuelva a la Hibris griega y al “pecado” (en una civilización para la cual el término todavía no existía) de la vanidad. Si la Grecia clásica fue la cuna del humanismo y todo el pensamiento occidental, por muchos siglos transcurridos, sigue anclado a aquella primigenia raíz que elevó al hombre a mucho más allá que un homínido erecto y cazador, es desolador observar como la enseñanza más sencilla, la que refiere a la mesura y al equilibrio en emoción y pensamiento, es absolutamente despreciada en pleno siglo XXI. Rajoy y Puigdemont son Edipo haciéndonos pagar el asesinato de Layo.    


"¡Sonríe, la Historia nos contempla!"




viernes, 28 de abril de 2017

44...




"Baco y Ariadna" (Guido Reni, 1619-20)





44 puñaladas, 44 cicatrices, 44 golpes de esperma sobre el rostro decaído de la vida…


44 cabalgadas en la tabla sobre la ola salvaje… los nervios de los que hablaba Rimbaud hace mucho tiempo que zarzaron…


Cada día un canto a mí mismo,

Cada noche una vela a Satán,

Cada tarde una nueva trinchera

Y así y todo volver a empezar…


No soy si no una sucesión de hojas arrancadas del calendario,

Una joroba llena de espantos,

Una pesadumbre emancipada…

…la mayor cantidad de minutos desperdiciada posible…



Años, meses, días, minutos, segundos, siguen siendo los nombres de las cadenas…


Volví del infierno para cantar junto a Baring “my soul is an inmortal toy”… porque 44 años en la inmunda trapería del corazón convierten el agua en vino y el polvo en oro. 


La colección de polillas sigue en aumento… no hay refugio para la tempestad… el grito no cesa… ¡viva por tanto! ¡Horacio, prepara el banquete! ¡Carpe Diem para todos y latigazos de placer! ¡Veneno y ambrosía! ¡Qué nada detenga nuestro inquebrantable crujir de huesos! 



El próximo año, si sigo vivo, os haré una rima.  




miércoles, 15 de marzo de 2017

LA PIZZA FASCISTA









Anda la fría Islandia con un tema a vueltas de esos realmente trascendentes, vitales, fundamentales para el devenir de sus ciudadanos y que a buen seguro está quitando el sueño de los abnegados habitantes del país nórdico: la prohibición de la piña como ingrediente en la pizza. 



Todo viene de la sana humorada de su presidente, Gudni Johannesson, respondiendo a las preguntas de los chavales de un colegio al que fue a hacer una visita. Un tipo curioso este Johannesson, del que dicen cuenta con un apoyo del 81.4% del total de la población de Islandia (apenas unos 320000 habitantes), un porcentaje escandalosamente alto para un político. No sabemos si sus opiniones gastronómicas tendrán algo que ver, pero qué duda cabe que la mayoría de los dirigentes europeos matarían por conseguir un tanto por cierto tan elevado de apoyos entre sus compatriotas. 



El tema no es baladí, y el encendido debate que ha provocado el tema de la piña como ingrediente en uno de los platos más consumidos del mundo entronca con una realidad que a juicio del Eyaculador es intrínseca a la historia de la humanidad, y antes de que los lectores comiencen a disparar me pongo delante en la fila para reconocer que yo soy el primero que lleva un fascista dentro. Todos llevamos un fascista dentro y consideramos que nuestros gustos son los mejores y nuestras opiniones las más sensatas y certeras. Esto en sí no es malo, al contrario, es un buen ejercicio de individualidad (lo cual mantiene una evidente incoherencia con el fascismo uniformal y uniformante, pero total coherencia con la incoherencia que siempre rodea al ser humano, el cual es incoherente y contradictorio por naturaleza… que algo coherente sea incoherente es lo más coherente del mundo, por mucho que sientan que les va a explotar la cabeza en estos momentos) El problema es cuando tratamos de imponer nuestra cerrada visión del mundo a los demás, e incluso en una cosa tan a priori inocente como es una pizza, degustada y deglutida a toneladas a diario en todo el mundo y de cientos de maneras diferentes, intentemos delimitarla con un rotundo “sólo es piña si yo lo digo”. 



Ciertamente es un caso que vemos a diario, nos atrevemos a decir lo que es música y lo que no, y dentro de esa música lo que es auténtico rock, o auténtico punk, o auténtico garage, o lo que es pasteleo… lo que es cine y lo que no, lo que es literatura y lo que no… sí tratamos de imponer esta especie de fascismo cultural, ¿cómo iba a librarse algo que no deja de ser a su manera otra manifestación cultural como es la gastronomía?, de hecho es precisamente en temas gastronómicos donde más salida damos a tal contundencia ideológica, mezclado además con cierto patriotismo barato (“si sabré yo lo que es una paella, que soy valenciano”, “a eso no se le puede llamar cachopo”, etc), limitando las posibilidades deliciosamente anárquicas que nos ofrecen algunos platos. Lo maravilloso del cocido es precisamente que se le puede echar de todo, lo mismo opino de la paella, y por supuesto de la pizza. Surge entonces una confrontación semántica. El fascista gastronómico admite no tener problema alguno en que a determinado plato se le añada cualquier ingrediente al gusto del consumidor, pero eso sí, que lo llamen de otra manera. Una postura que no difiere mucho de la de aquellos ultras católicos quienes durante la polémica suscitada a raíz de la ley que en España posibilitó el matrimonio entre personas del mismo sexo, camuflaban su conservadurismo y su homofobia diciendo aquello de “yo no tengo nada en contra de que se casen, pero que no lo llamen matrimonio”.



El lenguaje, como no, es otro escenario ideal donde sacamos a campar nuestro pequeño fascismo. Pocas cosas soliviantan tanto a los parroquianos como el mal uso de nuestro idioma o peor aún, que la RAE tenga la osadía de evolucionar y aceptar palabras o expresiones que el acervo popular ha ido introduciendo en nuestra sociedad, algunas venidas de fuera. Incapaces de comprender que precisamente la riqueza de un lenguaje está en evolucionar y amoldarse a sus hablantes (y no que los hablantes se amolden al lenguaje, y esto es algo tan impepinable como el hecho de que una lengua nace por los individuos que la practican y no al revés), imagino que si de ellos dependiera todavía estaríamos hablando y escribiendo como en tiempos cervantinos. Si conociesen mínimamente la historia de nuestra literatura les daría un pasmo cuando leyesen como Unamuno escribía “kultura” con k o Juan Ramón Jiménez le pedía a la “intelijencia” con j que le diera el nombre exacto de las cosas. Porque al igual que en la cocina, en el lenguaje la verdadera riqueza está en retorcer, distorsionar, improvisar, crear, destrozar y volver a crear, y en definitiva jugar con las palabras. Sólo así pudieron surgir las vanguardias que tantos genios nos han regalado para este país, desde Ramón Gómez de La Serna hasta la justamente reivindicada Gloria Fuertes, y es que si hay algo que caracteriza precisamente a cualquier vanguardia es su capacidad rupturista con el pasado y su insaciable ansia de libertad para la creación.   



La delimitación del arte y la constricción que supone vivir bajo un dogma inamovible. De esto es de lo que se trata en definitiva, lo cual se acaba arrastrando (o quizás sea al revés, y desde la ideología confluye en el arte) a la ideología y al pensamiento. Sólo puede haber una manera de entender la pizza igual que sólo puede haber una manera de ser español o de ser madridista, o de ser liberal o de ser de izquierdas, renunciando a la maravillosa riqueza que nos proporciona la individualidad. A lo largo de mi vida incluso he conocido a gente que ha llegado a afirmar lo que es baloncesto y lo que no, negando a nada menos que LeBron James la condición de practicante de este deporte. Un jugador capaz de jugar en cualquier posición sobre la cancha. Demoledor al poste bajo, resolutivo en el tiro exterior, imparable en penetración, insaciable en defensa, capaz de dirigir el ataque y romper todos los registros estadísticos de asistencias en un jugador que no es base, y para algunos aficionados de pensamiento jurásico, quienes se quedaron en un juego lento, anquilosado y ortodoxo de pantalones ajustados y posesiones al filo del tiempo reglamentario, no es baloncesto. Y es que precisamente la heterodoxia despista, la ruptura de los esquemas, de los guiones preestablecidos, de los dogmas… todo eso cuesta aceptarlo ya que resulta mucho más fácil vivir en un mundo en blanco y negro, sin matices, donde debemos tener claro que a la pizza no se le puede echar piña o los guisantes en la paella deberían estar penados con presidio.



El fascista que llevamos dentro no es malo en sí. Reivindicamos la individualidad y la humana incoherencia. No pasa nada por creerse en posesión de la verdad, de hecho en ocasiones resulta totalmente sano y oxigenante. No pasa nada, en efecto, porque el mítico Mugretone dijera aquello de “sólo es punk si yo lo digo”, lanzando una soflama que bien pueda servir de rueda a seguir para quien quiera adentrarse en tal estilo musical de la mano de alguien cualificado para hablar sobre la materia… el problema es que si aceptamos como natural vivir en un mundo en el que una pizza deja de ser pizza en cuanto lleve piña, quizás acabemos aceptando que bajo ningún concepto no se puede ser mujer si no se ha nacido con vulva. 




Y precisamente es ahí cuando, basándonos en la naturaleza de las cosas, lo que hacemos en realidad es ir contra natura, porque no hay mayor naturaleza que la libertad para echarle a la pizza lo que nos venga en gana.